Zen




Sudorosa, saluda al sol por última vez, y continúa con los asanas durante 20 minutos más, hasta terminar con un Paschimottanasana. Acerca la mano al inductor y la deja reposar lánguidamente. Mientras la batería del chip de su muñeca se carga (apenas un par de minutos) piensa en todo lo que tiene que hacer ese día...

Una vez alejada la ansiedad de su espíritu, se ducha. Despierta a su hija. Se visten y desayunan, poco, porque ese es su deseo; si la ración que tienen asignada fuera mayor, no por ello comerían más; simplemente han comprobado que no lo necesitan.

Es una mujer delgada y fibrosa. El mono que lleva, de color naranja, delata que es una trabajadora de nivel 2; podía haber llegado a ser un nivel 3, o incluso un 4, pero nunca tuvo esa ambición. Desde ahí no se puede cambiar el mundo.

Su hija es una niña de siete años, inquieta, morena y sonriente, que compagina trabajo y estudio, como todos los niños de su edad (la Ley de Productividad así lo estipula). Viste un mono rosa, como todos los menores. Ya no añora a su padre...

Salen de casa y se dirigen a sus puestos: una hora andando; la madre hacía la cadena de montaje de “smart-papers” más grande de Europa, y la segunda del mundo (por detrás de China); la hija hacia la EF (Escuela-Factoría) que hay al lado. Por el camino se van encontrando con otras compañeras y compañeros. Se van saludando sonrientes mientras se cuentan las pocas novedades que ha habido desde el día anterior. Un río multicolor se va formando, en el que grupos forjados por la amistad flotan como burbujas.

- ¿Abonaste las plantas?

- Sí. Están preciosas. ¿Y tú? ¿Has terminado de hacer la cometa?

- Claro. Esta tarde iremos a probarla...

- ¡Eh! ¡Luis! ¿Vendrás esta tarde?

- No contéis conmigo esta tarde. Voy a ir con mi hijo. Pero nos veremos allí...

La madre, Teresa, mira a los niños sonriente mientras juegan a ver quien lanza las piedrecitas que van encontrando en el camino más lejos; unos les dan puntapiés (son los que suelen ganar), otros hierran una vez tras otra, levantando sólo polvo, pero algunos tan sólo sonríen mientras sus piedrecitas van saltando delante de sus pies.

- Si pudiera verla su padre - piensa con tristeza.

Su padre murió enfermo y agotado, víctima de la carestía provocada por la dictadura que les oprime. Ella no pudo hacer nada – se enfada, el pulso se le acelera un poco. Pero las cosas cambiarán algún día – respira, comienza a realizar Kuksa Pranayama, se calma. No quiere llamar la atención. No quiere que el chip active las alarmas – respira. Eso le supondría una entrevista con ASESORÍA CIUDADANA, y todo el mundo sabe que una vez entras allí, nadie sabe si vas a salir, ni cómo...

Aparta esos pensamientos de su mente. Su corazón se desacelera. No pasa nada, es normal que si estoy andando mi pulso suba – piensa.
El chip que todos llevan en la muñeca, incluidos los niños, registra las constantes vitales y analiza varios cientos de parámetros fisiológicos. No llega a leer el pensamiento, pero casi. Toda la información es recogida por satélites. Si en algún momento la conexión falla se activa un segundo chip... y una micro-descarga de alto voltaje te fríe el hipotálamo.

Ya han llegado. Se despide de su hija hasta dentro de 12 horas y se concentra para vivir el presente. El trabajo que desempeña es tan aburrido, tedioso y repetitivo que no merece mención...

Tras la larga jornada Teresa y a su hija aún les quedan ganas de jugar. Son las seis de la tarde. Teresa deja que su hija se adelante y juegue con otros chavales. La explanada de las cometas está tan solo a diez minutos del pueblo. Son unos veinte críos, con edades de seis a doce años.

Cuando llegan la explanada ya esta abarrotada de gente. Teresa sonríe. Volar cometas es una de las pocas actividades de ocio permitidas por el gobierno. Aunque, después de los atentados del 23-F realizados con un tren de ocho cometas, con limitaciones: a no más de 60 metros de altura, en los lugares y horarios asignados al efecto, con colores neutros y prohibición total de cometas compuestas.

No pierde de vista a su hija mientas saluda a conocidos y amigos. Algunos de ellos, practicantes de yoga, como ella, otros no. Pero casi todos felices de reunirse y compartir ocio y conversación por un rato. Un vecino, después de contemplar a los niños, la mira y sonríe. Ella le devuelve la sonrisa y los mira a su vez. Están jugando a las canicas. Su hija no para de hacer carambolas; mueve indice y pulgar con destreza, casi golpeando la bola, pero no lo hace, sólo lo aparenta muy bien. ¿Cuantos habrá realmente como ella? - se pregunta Teresa.

La sirena que les avisa de que pueden empezar a volar las cometas irrumpe en su cabeza. Los niños se lanzan hacia sus progenitores reclamando sus artefactos voladores. No hace demasiado viento, así que debería costarles un poco elevarlas y así lo hacen saber algunos adultos, en voz alta: ¡Habrá que correr para elevar las cometas! ¡Hoy no llegamos ni a brisa! ¡Como no sopléis!

Los niños empiezan a correr de aquí para allá, intentando volar sus cometas con mayor o menor fortuna, mientras los mayores se juntan en pequeños grupos. Las conversaciones son desenfadadas y permiten contemplar la evolución de las voladoras. Aquí no hay ganadores ni perdedores, pero si acrobacias, admiración y diversión; y algún que otro accidente...

Dos niños han enredado sus cometas y un par de adultos deben acercarse a ayudarlos. Teresa contempla a su hija manejar con pericia la planeadora. Ella nunca tiene accidentes. Deberé advertirle de que tenga alguno de vez en cuando para no levantar sospechas, piensa.

- Es buena tu hija – le dice un vecino.

- Sí. Pero tu hijo tampoco lo hace mal. ¡Mira lo que acaba de hacer!

- Por cierto, ¿te queda hilo del que trajiste el otro día para prestarme? Es que queremos hacer algunas modificaciones a la cometa.

- Claro, pasaos luego por casa.

Cuando los adultos hablan, son conscientes de que el gobierno les está escuchando, viendo, analizando. No les importa; incluso lo prefieren así. Mientras están entretenidos con ellos, intentando descifrar códigos secretos en sus conversaciones que no existen, no prestan atención a otras cosas...

De vez en cuando alguno le dice a otro una frase absurda en mitad de una conversación, del tipo: “Muy obediente tu salero” o “Viva el perejil”. A veces solo por bromear, otras por mantener entretenidos a los de VIGILANCIA CIUDADANA. Aunque alguna vez la cosa se ha ido de las manos y más de uno ha pasado un mal trago intentando dar explicaciones sobre el significado de lo que había dicho.

La sirena vuelve a sonar. El tiempo pasa volando y las dos horas que un trabajador (un ciudadano nivel 1 ó 2) tiene de ocio al día terminan. Los niños recogen hilo e intercambian cometas; en menos de cinco minutos todos están camino de vuelta. La escena se repite: adultos hablando y niños impulsando hacia adelante las piedrecitas del camino, cada uno a su manera.

Teresa mira a su hija ilusionada y piensa lo que le gustaría decirle ahora mismo y no puede: No hay cúpula, hija, ni organización. Ni oposición posible al gobierno. Tan sólo yoga y meditación para ser un poquito más libre. Con sinergia y esperanza en el futuro, y vuestras asombrosas habilidades mentales todo es posible...

Teresa sonríe, como tantos padres en tantas épocas anteriores, con la sutil diferencia de que ella está viviendo los tiempos más difíciles para la humanidad y su cambio quizá mas crucial.

Teresa sueña, sueña con que los niños que ahora mueven piedrecitas, canicas y cometas, mañana moverán montañas... y la risa de los niños, clara y pura, lo inunda todo...

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Desintoxicación



- Bórrelo todo.

- ¿Está usted seguro, señor? Es un proceso muy doloroso y...

- ¡Obedezca! Doloroso es lo que estoy viviendo ahora. Maldita la hora en que conocí a ese tipo.

- Pero aunque borremos esos datos de su memoria, usted podría volver a encontrárselo. O a alguien parecido...

- Lo segundo lo dudo. Jamás he conocido a alguien así, ni creo que exista otro igual en los próximos dos mil años. Lo primero es imposible. Está muerto. No podía permitir que intoxicara a nadie más... y ahora saque inmediatamente de mi cabeza las absurdas dudas e ideas que ese energúmeno introdujo en ella con su potente dialéctica.

- Esta bien señor, pero debo insistir en que le dolerá mucho. ¿No cree que un buen terapeuta le podría ayudar? No creo que...

- ¿Sabe lo que yo creo? Que se va a quedar sin trabajo como me siga tocando las narices. ¡Dele al maldito botón y desintoxíqueme! Cuanto antes vuelva a ser el multimillonario feliz y despreocupado que siempre he sido mejor. ¡Ah! Y ya de paso borre también cualquier recuerdo de mi primera esposa...

El técnico-operario bajo la cabeza asintiendo y pulsó el botón. Una oleada de alaridos rodeó la habitación durante un minuto. Después silencio total. Tan solo el ruido provocado por el instrumental. Un pinchazo (un potente opiáceo para calmar el dolor) más y todo había terminado.

Cuando el multimillonario despertó estaba en otra habitación. Una azafata le hizo la pregunta de control.

- Buenas tardes, señor. ¿Le dice algo el nombre de Jesús?

- No. ¿Por qué? ¿Debería? No lo había oído en mi vida...

- Por supuesto que no señor. Su desintoxicación se ha completado con éxito. Que pase usted un buen día.

El millonario abandono la clínica en su volador privado. Jamás recordaría porque había estado allí, ni que por unos días supo lo que es tener remordimientos...
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neo-carne ©


Mientras Juana se come el bocata en silencio piensa en lo jodida que es la vida. Ella ha tenido suerte. Ha nacido y vive dentro del Sistema. Pero los que están fuera... pobres desgraciados.

El bocata es de pan de algas y chorizo de neo-cerdo ©, que es lo mismo que decir que es de la misma mierda que come todos los días. Existen cinco variedades de carne, dos de ellas de ave, y tres de pescado, y todas saben igual. Ya tiene mérito la cosa, ya – piensa con el último bocado en la boca. Y ella puede dar las gracias...

Sonríe para sí misma, se levanta y agarra fuerte su arma de microondas. Empieza la ronda por la antigua calle Preciados, ahora convertida en zona fronteriza en los límites de la civilización. Su trabajo es sencillo, si se cruza con alguien que no aparece como autorizado en su escáner debe dispararle. Si logra matarlo tiene que incinerar el cadáver para que otros caníbales no vengan a por los despojos.

Deben estar pasándolo realmente mal; quemar los cuerpos es nuevo, nunca se habían comido a los suyos – piensa mientras apunta a lo que cree que es un caníbal agazapado sobre un bulto. Dispara una ráfaga y ve un cuerpo caer. El silencio lo llena todo de nuevo. Se acerca despacio, mirando las desvencijadas estructuras y azoteas que la rodean. Los edificios hace tiempo que perdieron sus paredes, pero aún así hay que ser precavida.

Cuando esta a diez metros vuelve a disparar. El cadáver salta como una marioneta y vuelve a caer. Se acerca más y le empuja con el pie. Esta muerto. Bajo él, una bolsa de basura grande medio llena, probablemente robada de la zona residencial. Todo un tesoro para esta gente, que el muerto, por lo que parece, no tenía intención de compartir.

Se aleja unos metros y pone al máximo el potenciómetro de su fusil de asalto. Dispara una ráfaga e inmediatamente el cadáver y la bolsa comienzan a arder, hasta finalmente convertirse en una masa informe, incrustada a lo que queda del asfalto.

Se da cuenta de que ha agotado la pila; la cambia rápidamente; no le gustan las sorpresas. El olor a carne quemada no le disgusta. Se aleja un poco más y se esconde tras un inmenso trozo de hormigón, del tamaño de una bañera, caído de algún edificio. Mientras permanece escondida el olor a chamuscado vuelve a alcanzarla y piensa en las compañeras que pillaron comiendo carne; la mayor parte de ellas buena gente, pero demasiado viejas para llenar el cupo y conseguir las calorías suficientes para subsistir... aún así no es buena idea quitarte el casco; y menos para cometer canibalismo.

Quitarte el casco supone que un dron estará en la zona en menos de dos minutos grabando lo que no ha grabado el casco. El canibalismo esta condenado con pena de muerte, y el mismo dron la ejecuta... no es agradable encontrarte con el casco abandonado de alguien conocido mientras haces la ronda. No lo es; pero es un tema tabú. Nadie habla de las desaparecidas.

Oye ruido. Ha acertado, el olor ha atraído a más caníbales: dos, tres cuatro... y qué poco precavidos son. Deben estar realmente hambrientos. Por un instante la codicia le vence y valora la posibilidad de intentarlo sola, pero rápidamente recapacita. Son ya por lo menos seis. Activa la alerta silenciosa y sonríe; siempre le hizo gracia esa expresión; todas las comunicaciones son silenciosas, tan solo tiene que pensarlas...

Cuarenta segundos más tarde llega la ayuda que esperaba. Es María. La conoce superficialmente. Es rápida y de fiar, y siempre se ha sentido atraída por ella. Sin hablar, se ponen de acuerdo. Atacan por dos flancos. La “operación” dura exactamente veinte segundos. Hay siete caníbales muertos. Y eso son muchas calorías a cambio... Amontonan los cuerpos; las dos sonríen mientras aprietan sus gatillos y observan la pira de cadáveres. Podrían intentar repetir la jugada, pero están cansadas, y no creen que los caníbales sean tan tontos...

Al volver al Sistema, se van directamente al bar a celebrarlo. No deberían despilfarrar los puntos que han ganado hoy, pero no les importa. Piden dos “meta-con-hielo”. Pasarán un poco de hambre al día siguiente y ya está; de todas formas, están cansadas de comer esa neo-mierda. No hay otra cosa desde “la extinción global”, pero eso no evita que sepa horrible... como a exceso de testosterona...

Mientras saborea su tercera copa, y María le está contando algo sobre la última vez que ligó, Juana piensa en lo irónico que resulta que un puñado de hombres se salvaran sólo a sí mismos (y que ningún otro ser vivo pluricelular del planeta sobreviviera a la infección, ni respondiera al tratamiento) para después acabar modificando su genoma y producir hasta ocho tipos diferentes de seres vivos aptos para el consumo humano; y recrear el otro sexo... su sexo... ellas. Y después morir, devorados por su propia vacuna.

Tras la última copa, María la invita a su apartamento. Acepta sin pensárselo. Es pequeño y funcional, como todos. El deseo las inunda desde hace rato. Así que no pierden el tiempo. Sexo de alta intensidad. Mucho. Horas después, agotadas, quedan rendidas sobre el colchón.

El último pensamiento que cruza la mente de María antes de quedar plácidamente dormida es: “Hombres ¿quién los ha necesitado jamás? Siempre jodiendo. Y que mal sabor le han dado a la comida...”. Juana, medio dormida sonríe, no se sabe si evocando de nuevo la ironía de que los genes de aquellos que durante siglos doblegaron el mundo a su antojo sean la base de una nueva esperanza, o pensando en los preciosos pechos de su compañera...

Mañana será otro día y nuevamente tendrán que salir a cazar a los desgraciados que quedaron fuera del “Sistema” y no tienen nada que comer, a los caníbales, pero eso será mañana y nosotros ya no estaremos con ellas...
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Los Juicios de Wall Street


Hace ya 20 años que visité las cárceles de Wall Street. Todos conocemos la historia del siglo XXI, pero aún así causaba y causa impresión ver el lugar en el que se fraguaron las políticas del “Siglo del Genocidio”. Ni siquiera en el siglo XX, se alcanzaron tales cotas de muerte, sufrimiento y hambre innecesarias. Pero todo eso ya lo sabéis...

La sensación al entrar al recinto me resultó sobrecogedora. Era como si hubieran metido toda una calle en una cápsula del tiempo. No sólo los edificios y coches antiguos, también la atmósfera parecía haber sido preservada. Símbolos de adoración al dinero y la patria por doquier, ostentación, lujo, consignas machistas y mercantilistas en forma de vallas publicitas... era mucho peor de lo que podía deducir por los registros gráficos.

Paseábamos todo el grupo, unos diez estudiantes de último curso, por lo que mucho tiempo atrás fue una populosa avenida y ahora era y es un patio carcelario, mientras los dos guías nos explicaban como incluso se utilizaban coches para ir de un extremo a otro de la calle, y yo pensaba en como debía haber sido la vida en aquella época para los que no eran ricos; cuando de repente casi me di de bruces con él.

No estaba preparada. No en ese momento. No así. Nos habían dicho que podríamos verlos desde la sala aérea, sin que nos vieran. Eso era otra cosa. Pero yo tenía enfrente de mi al que fuera el último presidente de los EE.UU. (los de Norteamérica). Apenas fue un instante. Enseguida se alejo de mí, al tiempo que unos guardias de seguridad se acercaban a él. No se mostró violento, no dijo nada; pero sus ojos, sus intensos ojos azules... parecían tan cansados...

Nos dijeron que había sido un desafortunado error. Nos pidieron disculpas. Y nos mostraron dependencias que normalmente no se enseñan a los visitantes para compensarnos: las cocinas, la biblioteca, la zona de trabajo voluntario. Pero nos nos dieron ninguna explicación. Nadie nos dijo como era posible que un preso (y no precisamente uno cualquiera) estuviera en el patio durante una de las visitas. El grupo no habló de otra cosa durante el resto del trayecto.

Finalmente nos condujeron a la sala aérea, que provoco en mí, y creo que también en el resto, un impacto menor de lo esperado, quizá debido a mi anterior encuentro. Allí estaban todos los genocidas del gobierno de coalición mundial que se formó durante el siglo XXI: ex-presidentes de gobierno, banqueros, especuladores financieros, nobles y demás ralea que pobló los centros de poder de la humanidad durante siglos. Allí, en pleno siglo XXIII, vivos gracias a la inmortalidad que ellos mismos se otorgaron, en un mundo donde la pena de muerte no tiene cabida. Condenados, tras los famosos “Juicios de Wall Street”, celebrados en las antiguas dependencias de la bolsa, a cadena perpetua.

Les cuento todo esto porque después de tanto tiempo lo que más recuerdo son esos ojos; que me siguen mirando en sueños, esperando su oportunidad para poder por fin descansar...

Señores, no les pido que cometan una atrocidad, pero si que pongan a su alcance los medios para que aquellos del grupo de Wall Street que quieran pongan fin a sus vidas. Hace tiempo que tenemos el antídoto. Solo hay que dárselo. Lo contrario sería cruel. Es cruel. Sería volver al pasado. ¡Enterrémoslo!

Por cierto el preso de ojos azules, se había escapado tan solo para regar sus bonsáis; son muy delicados...

Con este discurso Victoria Campoamor, Presidenta de la República Mundial, terminó con los 217 años de cautiverio del grupo de Wall Street (ninguno rechazó el ofrecimiento, siquiera se lo pensó, ni pidió otra cosa más que morir); con ellos desapareció lo que quedaba del capitalismo en la tierra... aunque no del todo... siempre podéis visitar un museo...
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Extinción


No esperéis demasiado del fin del mundo.

Aleister Crowley.

Hansel miró a un lado y a otro. Durante el turno de noche siempre se quedaba solo, pero nunca se podía estar seguro del todo. No aguantaba más. Subió las escalerillas y se bajó los pantalones. Asomó su gordo culo sobre la inmensa cuba de acero y apretó; casi sin esfuerzo (la consecuencia de una dieta pobre, pero rica en fibra) terminó. En menos de 25 segundos había descargado su mojón, que lentamente se perdió entre las aspas. Marrón con marrón. Crema con crema. Principio y fin. Una sonrisa satisfecha llenó su cara. Se limpió el culo y deposito el papel en una bolsita que llevaba al efecto (para tirar, ya abajo, en una papelera como llevaba haciendo desde hacía dos meses). Bajó y volvió a su monótono, mal pagado y embrutecedor puesto de trabajo: doce horas diarias, solo, como vigilante de una empresa completamente automatizada que fabricaba helados hidrogenados para una exquisita, lujosa y exclusiva marca internacional. Su vida era una mierda, pero ahora por fin la podía compartir con los demás.

Bob no era un lumbreras, nunca lo había sido, pero eso no le impidió obtener su plaza de policía; como tampoco ser un psicópata le supuso ningún obstáculo para convertirse en antidisturbios. Muy al contrario; su docilidad para acatar las órdenes más controvertidas y ”delicadas” le granjeó el favor de sus superiores; y su bravuconería y machismo, la amistad de compañeros y colegas. Era legendaria en el cuerpo su puntería con las pelotas de goma y su habilidad para hacer que los estudiantes se mearan en los pantalones. Años después, a nadie le extraño que, condecorado, le nombraran Jefe de Zona; su carrera iba en ascenso sin que tuviera que esforzarse. Pero cuando tuvo que enfrentarse a una plaga de células antisistema fue incapaz de detenerla... eso le costó el puesto... y desde entonces trabaja esporádicamente para la “inteligencia”. Sigue sin ver relación de causa efecto en que siete de los veintitrés supuestos cabecillas terroristas europeos crecieran en su zona.

Isabelle tenía un mal día, le acababan de comunicar el despido de su trabajo legal (programadora informática) y le habían robado la mochila, osea, prácticamente todo lo que tenía; así que cuando llegó a la casa de los Depardieu no estaba de humor para cuidar críos. Otro día más, trituró en la papilla de Amélie y disolvió en el biberón de su hermanito Jean, sendas tabletas de Chislip (fina españolización de China-Cheap Sleep). Las compraba en el mercado negro para calmar sus nervios. Sonrío al pensarlo: que los niños se quedasen durmiendo durante el resto de la noche sin duda la ayudaría a estar tranquila. Se puso a buscar trabajo en internet, y así estuvo, sin encontrar nada, hasta que los dueños de la casa la llamaron para decirle que estaban en camino, y de paso pedirle que preparara café. Isabelle gastó otra de sus tabletas antes de irse. Ni sabía, ni le importaba que la dueña (neurocirujana) iba a ser llamada de urgencia aquella noche.

Alekséi no era mala gente; tampoco buena; se buscaba la vida, ya me entendéis, pero no era un asesino. Pescaba carpas que luego vendía en el mercado del pueblo vecino. Las cogía en el arroyo que manaba de una grieta en una de las paredes de la central nuclear (cerrada hacía 45 años, después del accidente); y para eso cada día cruzaba dos abandonados perímetros de seguridad. Pero como quería vender, todo eso no lo contaba. El no se las comía, no por nada, sino porque no le gustaba el pescado. De todas formas, igual de malo era morirse de radiación que de hambre, pensaba mientras les vendía a aquellos pobres infelices aquellas hermosas carpas engordadas con dios sabe qué. Cuando las había vendido todas, se iba al bar de la esquina, a emborracharse con el ilegal aguardiente local. Aguardiente que, se temía, era fabricado con el mismo agua de sus carpas, pues hacía décadas que no salía nada de los grifos, y había visto un par de veces por la zona la destartalada furgoneta del tabernero.

Loles y Manuel se conocieron no haciendo nada, cuando eran adolescentes. El resto de la pandilla siempre estaba yéndose a beber, o a follar, o a manifestarse, o a robar unos 3d-phones. Ellos no. Así que a base de hablar, de quejarse y de criticar a los demás forjaron una sólida relación. Cuando se quisieron dar cuenta eran un par de conformistas que estaban viviendo juntos, sin saber por qué; soportándose, sabiendo que se hacían daño el uno al otro, que no se querían; pero sin atreverse a hacer nada, a cambiar nada. Y con roce, pero sin cariño, fueron pasando las décadas, malviviendo de sueños que cada vez costaba más recordar. Amargados los dos y, quizá sin quererlo, amargando a todos cuantos entraban en contacto con ellos. Hasta que se hicieron viejos y ya no pudieron trabajar; y su situación se hizo insoportable. Y quisieron quejarse, cambiar las cosas, pero descubrieron que ya no tenían fuerzas.

Paolo sabía que si no lo hacía él, otro lo haría. Así que no tenía muchos remordimientos. No es que se vendiera al mejor postor, es que todos eran postores, y ninguna opción era buena para el pueblo. Ponderaba la menos mala para la ciudadanía y la más ventajosa para él. Y le gustaba pensar que siempre salían ganando los dos. Sonrió mientras se metía el sobre en el bolsillo de la americana y miraba el Rolex. Llamó a su chofer, que le recogió en menos de dos minutos (las ventajas de aparcar donde te da la gana), y en apenas diez minutos estaba volando por la autopista, a 190 km por hora, camino de una cena de protocolo pagada con los impuestos de los ciudadanos, en la que se reuniría con los más granado del empresariado local.

Maya trabajaba en una fábrica ilegal de confección. Cosía etiquetas taiwanesas en las que ponía “Made in the EU” a vaqueros fabricados en China con algodón indio. Maya era analfabeta, así que no entendía nada de lo ponía en las etiquetas salvo una cosa: la talla. Su única satisfacción durante las catorce horas diarias que pasaba en aquel sótano sin ventilación, era saber que le estaba poniendo las cosas un poquito más difíciles a las “mujeres ricas” que compraban esos pantalones en una famosa cadena internacional de tiendas de moda asequible. A todos los pantalones les ponía una etiqueta con dos tallas más. Llevaba tanto tiempo haciéndolo, que sus compañeras, aún sin saber bien por qué, la imitaban. Miles de pantalones salían cada día de aquella fábrica-almacén hacia distintas partes del mundo, amargando a miles de mujeres que, una vez más, comprobaban que estaban demasiado gordas para una 38. Maya sonrió, que tontas eran aquellas mujeres... se lo merecían...

Nadie se esperaba lo que ocurrió en realidad. A la gente que podía permitírselo le gustaba ir al cine a ver películas catastrofistas sobre el fin del mundo: meteoritos chocando contra la tierra, invasiones alienígenas, pandemias varias (incluidos los zombies), mega-atentados terroristas, guerras nucleares, e incluso simios... todas con una acción trepidante en la que se nos describía como de la noche a la mañana todo se iba al garete. Todas se equivocaban. La cosa fue mucho más lenta... ¿o acaso te está pareciendo algo rápido?

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Patriotas



John Jesús, JJ, es un patriota. Como sus padres. Como sus abuelos. Como sus vecinos. Por eso cada mañana, cuando se levanta, lo primero que hace es ver si hay alguna actualización para su Dron Wars III. No es sólo el mejor juego del momento, sino también la actividad más patriótica que un chaval de su edad puede hacer en su tiempo libre.

Hoy es Truceday, y JJ se ha levantado un poco más tarde, pero no mucho más. Sus padres a pesar de ser festivo han ido a trabajar; últimamente tienen un IP (índice patriótico) muy bajo y si siguen así los echarán.

A la vez que instala las últimas mejoras del Dron Wars III y las configura, va dándole desganados bocados al desayuno-stick que ha cogido del armario-cocina. “Todo lo que tu cuerpo necesita por la mañana en menos de un minuto”, dice la publicidad. Pero la verdad es que nunca se lo ha terminado en menos de cinco, y eso con la ayuda de un par de vasos de agua.

Cuando acaba, se sienta ansioso en su cabina de juego. No es de las más modernas. Se la compraron sus padres cuando salió el Dron Wars II. Pero cumple su cometido: impedir que nadie le interrumpa en plena misión. Se pone las gafas Reality-Aumentada y enciende los controles. Tiene 3 Wings y puede elegir dron y destino. Está cansado de volar siempre con los drones más modernos, así que esta vez escoge un viejo modelo 202 del año anterior que ha participado en más de 100 misiones. Como no puede ser de otro modo, su destino es Toronto.

Mientras le dan el control del aparato él comprueba los mandos y pone música (lo último de los Wild Patriots). Volumen a tope, y todo perfecto. El objetivo ya lo conoce, el de siempre: acabar con todos los enemigos, preferiblemente no civiles (puntúan menos), hasta agotar la munición y regresar a la base... lleva una hora jugando y le queda menos de la mitad de la munición. Solo ha abatido a siete civiles y cuatro militares. Cada vez es más difícil darles.

Decide sobrevolar un estrecho callejón lleno de desechos industriales; parece prometedor. Ve algo que se mueve. Baja con cuidado para no chocar con las paredes. Zoom. Enfoca. Zoom. Solo es una rata. No puntúa, pero le dispara, haciéndola saltar a diez metros de distancia, achicharrada. En ese preciso instante ve aparecer varias personas de entre la basura. Van armadas. Una lleva un Small-Bazoka. Es lo último que ve. Le han dado. La explosión hace que le duelan los oídos. Esta cabreado y pega un puñetazo en el aire contra la pantalla holográfica. - ¡Mierda! Ya no alcanzaré el Record mensual. ¡Mierda! Tampoco podré jugar en dos días...

Ve su puntuación. Efectivamente, no alcanzará el Record, pero... sabe que habrán enviado refuerzos a la zona. Si tuviera la suerte de que encontraran algo importante allí, él sería recompensado (son las reglas); y si fuera algo verdaderamente importante, algo que inclinara la guerra a su favor...

Mientras imagina como sería que lo nombraran Record-Absoluto de Dron Wars III y que el propio Ministro de la Guerra lo condecorara, abandona la cabina de juego y la habitación. Pasa por la de su hermano pequeño, Ronald Felipe, pero no lo ve. Ve la luz roja de su cabina. Sonríe. Debe estar jugando al Sapper Dron III (sólo tiene seis años). ¡Haciendo patria desde bien pequeño, como debe ser! Luego le preguntará cuantas minas ha desactivado, le faltan pocas para pasar de nivel...

Algún día los dos jugarán en las Wars Reales; y dependiendo de sus puntuaciones lograrán un puesto de trabajo en la sociedad. Pero para eso aún faltan varios años. Y quien sabe si el enemigo seguirá siendo Canadá o no. Que importa, piensa. ¡Mientras haya guerras! Decide que está aburrido de pensar y llama a un amigo, Will Mariano.

Al final parece que se le presenta un buen plan: van a ir a molestar pobres al parque cercano. WM ha visto varios desde su balcón. Tienen que darse prisa si no quieren que se les adelante la policía...
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El hombre sueco o finlandés



El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español, pero eso no importa cuando eres una puta y se te acerca un tipo con un billete de veinte euros en la mano...

¡Dogui-estail! ¡Doguiestail! — repetía, borracho, con una estúpida sonrisa en la boca. Sonreí mientras le contestaba. — ¡Yes! ¡Yes, darlin! — le cogí el dinero y luego la mano, y lo conduje hasta un seto del parque.


Miré que nadie nos viera; me subí la minifalda y me puse a cuatro patas. Por veinte jodidos euros no había preámbulos; pero el puto borracho no atinaba ni a bajarse la bragueta. Al final lo tuve que ayudar...

Pensaba que iba a tener suerte, que no podría tener una erección: me equivoqué; se ve que había tomado alguna pastillita. Y encima la tenía grande.

Volví a mi posición. Primero intentó meterla por donde no debía; como no pudo, se conformó con lo que había pagado. Me hizo mucho daño (otro animal más). Gemía como un cerdo a punto de morir asfixiado, el muy cabrón. Cuando acabó me escupió, se levantó, y se fue haciendo eses. Mientras le miraba me limpié con una toallita. Sangraba un poco. Aquel tipo moriría en unos días, entre nueve y dieciséis, que es lo que tarda en desarrollarse la fiebre hemorrágica de Marburgo...

¿A quién le importa? ¿Debo sentir pena él? ¿Sintió alguien pena por mi cuando me mandaron en viaje de negocios al Congo? ¿Cuando me despidieron el mismo día que me comunicaron que estaba infectada? ¿Cuando perdí mi casa? ¡A la mierda!

Eche a andar. Con los veinte euros que había sacado podría comprar un bote de leche preparada para mi bebé. Ella no está enferma. Y, bueno, yo tampoco; sólo soy portadora...

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Honradez y una rara enfermedad


- Tiene usted una rara dolencia...
- ¿Y es grave?
- ¿Grave? No, no. Ha sufrido daños serios en el lóbulo prefrontal a raíz de su accidente. Concretamente en la circunvolución frontal inferior; y parece que la región está sobreestimulada; sobre todo sus células espejo. Una pena que no muestre sintomatología, clínicamente hablando, por supuesto...
- ¿Y?
- Y nada. Según los análisis y las pruebas, nada. No le pasa a usted nada. No se encuentra mal. Su cerebro funciona perfectamente. Esté tranquilo. No se morirá de esto. Se lo garantizo.
- Pero he pasado 15 días hospitalizado...
- Bueno, ese es un asunto que tendrá que resolver en administración. Yo solo puedo decirle que está usted perfectamente sano y darle el alta. Y alegre esa cara: el conductor dice que no va a presentar cargos contra usted...

Había tenido muy mala suerte. Un paso de cebra en verde. Un coche con licencia free-driving que no tenía por que respetar el semáforo en rojo. Y él, atontado, pensando en sus problemas; en lo que podría hacer para ganar algún dinero extra con el que comprarle un regalo de cumpleaños a su hijo pequeño.

No había entendido una mierda de lo que le había dicho el médico, salvo que estaba bien; lo que le habían explicado en administración sí que le había quedado más claro: les debía mucho dinero y, como no podía ser de otra manera, se lo iban a cobrar.

Tras despedirse del médico todo había ido a peor. Pero nada le sorprendió.

Primero, en administración hospitalaria, mientras cargaban a su tarjeta de identidad la deuda, y ante la falta de fondos de ésta, le repitieron con una sonrisa que tomarían todas las medidas necesarias para cobrarse: desde la enajenación de órganos no vitales hasta el desahucio preventivo de su casa; la ley les amparaba.

Luego recibió un mensaje de su empresa: su despido electrónico. No querían tarados.

La guinda le esperaba en casa...

Los niños no estaban. Los barracones del colegio ya estaban arreglados y las clases se habían reiniciado. Su mujer le recibió en silencio. No se habían visto desde que tuvo el accidente (no podía dejar su trabajo o lo perdería). El intentó abrazarla, pero ella se apartó y con lágrimas en los ojos le señaló la pantalla de la casa (una única habitación plasticosa donde todos comían y dormían). Mostraba el certificado de divorcio. Le había dejado. Sin parar de llorar, ella, por fin dijo algo.

- Si no lo hubiera hecho nos habrían quitado la casa. Eres demasiado viejo para que estén interesados en tus riñones, testículos, o pulmones. Y sin casa me hubieran quitado a los niños...
- Lo sé. Y lo entiendo, pero no esperaba un recibimiento tan frío.
- Es el único que te puedo dar. No tene... teníamos nada ahorrado. Lo sabes. Y yo sola no podía hacer frente a todos los gastos durante dos semanas. Te tienes que ir.
- ¿Qué quieres decir?
- Ahora tengo otro hombre. Y tus hijos tendrán otro padre. Tiene un buen trabajo, y no es mala persona. Lo siento mucho, Martín. Yo te qu...ería. Esto no tenía porqué haber pasado. Lo siento de verdad.
- ¿Los niños están bien?
- Te echan de menos, pero se les pasará; aún son muy pequeños.

Se notaba raro, todo le daba vueltas, le dolía el pecho, tenía ganas de gritar, pero lo único que salió de sus labios fue: “Déjame al menos cenar antes de irme”. Ella le calentó una mono-dosis de gachas en el viejo y destartalado microondas. Se las comió rápidamente, sin levantar la mirada, pensando que quizás fuesen las del nuevo hombre de su antigua mujer. Se lo dijo. Y ella le respondió que no se preocupara, pero que se diera prisa. Si lo veían por allí podrían acusarla de falso divorcio.

Acabó. Recogió sus pertenencias (apenas llenó una mochila) e intentó besarla antes de abrir la puerta. Ella le puso la mejilla... pero luego se lo pensó mejor y lo beso en la boca. Lo que ocurrió a partir de allí y durante los siguientes 27 minutos pertenece a su intimidad; y aunque los ojos del gobierno lo ven todo, nosotros vamos a respetarla...

Se marchó antes del atardecer, entre besos y lágrimas; antes de que volvieran los niños; antes de que su nuevo “padre” regresara del trabajo.“Antes”. ¡Si todo fuera como “antes” del accidente! ¡O como “antes”, en tiempos de su abuelo! (que tenía coche y todo). Pensaba mientras andaba sin rumbo. El estaba en el “después”. Un después sin mujer ni hijos. Sin trabajo. Sin futuro. Agarró con fuerza la mochila y apretó el paso. Recordó que había un 11THand no muy lejos donde podía vender algunas de sus pertenencias. Si te conocían bien y lo pedías, te pagaban en billetes; esta práctica era ilegal, pero bastante común entre la clase baja (el 95 % de la población). En teoría sólo se podía cobrar en i-dinero.

En el 11THand no tuvo que esperar mucho para que una cabina confidencial quedara libre; vendió un par de antigüedades, 2 libros de principios del siglo XX. Cobró quinientos en i-dinero a nombre de su ex-mujer y salió de allí con cinco viejos y mostosos billetes de cincuenta euros y un recibo por una venta de 500 i-euros, supuestamente firmado por Laura Pombo (su amor, su ex-mujer).

Avanzó unos metros por la acera y se paró. Las calles estaban llenas de gente yendo a alguna parte. Él no sabía adonde ir. Se quedó allí plantado un buen rato, sin saber que hacer... a partir de aquel momento todo se aceleró.

Primero le multaron por permanecer más de 30 minutos parado en la acera (300€) obstruyendo la libre circulación del resto de ciudadanos; intentó explicarle al guardia (un tonto con gorra) que no tenía adonde ir, pero la única respuesta que obtuvo fue un sonoro “ese no es mi problema”; después pensó que le daba igual, que no podían cobrarle pues no tenía i-dinero.

Luego le volvieron a multar por orinar en un callejón (otros 300) y recibió un primer aviso de la agente: “Acumula usted dos faltas graves. La cuarta supondría su internamiento en un Centro de Utilidad Social. Tiene dos días para pagar la multa. No pagar es una falta grave”. Solo de pensarlo tembló; lo había olvidado por completo. ¿Cómo había podido olvidarlo? Aquellos lugares donde, sí o sí, eras útil a la sociedad; donde evaluaban si te reeducaban o reutilizaban tu materia (tus órganos y miembros o, literalmente, tu materia: carbono, nitrógeno, calcio, fósforo...).

Echó a andar. Si seguía en la ciudad acabarían apresándolo. Dormir en la calle estaba prohibido; al igual que registrar en la basura, mendigar, vender sin licencia, trabajar sin papeles (con papeles le quitarían todo lo que ganara), o salir a la calle con una tarjeta de identidad sin i-dinero. Por eso hacía mucho que no había vagabundos por las calles.

Hasta el momento había tenido suerte y ambos agentes habían aceptado su soborno: 50 € cada uno. Pero apenas le quedaban 100 € y no había pasado ni un día. Más pronto que tarde le pillarían. Así que tomó una decisión: salir de la ciudad; buscar esa otra “ciudad” en ruinas de la que había oído hablar a viejos y vagabundos. No sabía mucho sobre ella, salvo que allí las autoridades nunca entraban y que estaba hacia el este...

Se acercó a una parada de taxis. El tercer taxista al que preguntó aceptó cobrar en metálico. Eran tiempos duros para casi todos. Era un tipo bajo y bastante cabezón; decir que estaba delgado sería no decir nada, pues todo el mundo lo estaba (suele pasar cuando comes poco). Su voz era aflautada, aunque no resultaba molesta.

- ¿Y adónde me ha dicho que quiere ir?
- No se lo he dicho. De momento vaya hacia el este.
- Sí, pero ¿adónde? ¿A qué dirección, calle, barrio?
- Al este. - espetó secamente.

El taxista se le quedó mirando un buen rato a través del espejo retrovisor. Arrancó. Y no volvió a decir nada durante los siguientes 30 minutos. Tras salir a la superficie, por fin habló. El cielo era asombroso.

- ¿Cuánto va a poder pagarme?
- Noventa y nueve euros. Los sacó y se los entregó.
- Eso le da apenas para otra media hora de viaje...
- De acuerdo. Gracias.

Otra vez silencio e involuntarios cruces de miradas a través del retrovisor. Pasó la media hora pero el coche no paró, y el taxista no dijo nada: parecía saber mejor que él hacia donde se dirigía.

- No tengo nada más con que pagarle.
- Lo sé. No se preocupe. De todas formas ya casi hemos llegado. La compañía nos prohíbe entrar en la ciudad vieja. Nadie va allí.

Dijo aquella última frase mirándolo fijamente a través del espejo. Quería una respuesta. Después de todo le estaba haciendo un favor.

- No tengo nada. Me he quedado sin trabajo y sin dinero. Y no quiero acabar echo cerillas.
- Tenías mujer e hijos, ¿verdad?
- ¿Cómo lo sabe?
- No eres el primero al que traigo hasta aquí. - El taxista le sonrió amargamente mientras paraba el taxi. - Ya hemos llegado. Te deseo suerte. Sólo tienes que seguir recto por la avenida principal; alguien saldrá a tu encuentro, dicen...
- Adiós. – contestó. - Y tome. - Abrió la mochila y le entregó su tarjeta de identificación (a él ya no le iba a hacer falta y sabía que en el mercado negro valían un buen dinero). El taxista la cogió sin rechistar.

Bajó del coche. Y se fue andando por la semienterrada carretera. Varias horas más tarde y unos 10 kilómetros después, al fin, se internaba en las ruinas de lo que debía haber sido una fabulosa ciudad (y que ahora a lo lejos no parecía más que una colina). No tenía nada que ver con Nueva Las Vegas. Ésta era una ciudad a lo alto, no enterrada bajo tierra. Y todo parecía hecho de piedra y hormigón. Nada de plástico orgánico, o bambú sintético. Estaba invadida por el polvo de la meseta, y matojos de hierba seca aparecían aquí y allá; así como algunos árboles, aunque éstos, mucho más escasos. Caminó un buen rato más; calculó que unos cinco kilómetros. Aquella ciudad no era pequeña.

De vez en cuando oía ruidos, pero era incapaz de identificarlos, o descubrir el origen. Pensó que seguramente eran animales. ¿Cómo serían los habitantes de aquellas ruinas? ¿Cómo le recibirían? De repente vio algo que hacía muchos años no veía: una flor. Paró para contemplarla absorto. Era silvestre y descuidada. Muy diferente de las de celulosa que estaba acostumbrado a ver. Era preciosa. Mientras se acachaba (su padre le había contado una vez que las flores naturales olían) hacia ella oyó un clic. Cuando se giró vio a una robusta anciana apuntándole con una pistola láser, como las de la policía.

- Levanta las manos despacito, capullo... las margaritas no huelen.

Levantó las manos. Fue conducido a una de las comunidades. Fue interrogado. Se le aceptó como a uno más. Trabajó duro, ayudó y, sea por su rara enfermedad o no, nunca dejó a nadie en la estacada, nunca le negó a nadie un favor. Cuando, años después, la vieja líder dejó de ser elegida, cuando murió, él fue elegido por abrumadora mayoría el nuevo líder. Y lo que hasta entonces había sido tan solo la rara enfermedad de un solo hombre, empezó a florecer por doquier como un ideal ,en una ciudad en ruinas, a la que antaño llamaron Madrid: la honradez.

Pasaron cuatro años de alegría y paz, en los que apenas nada supieron del exterior; años de cierta prosperidad en los que la utopía de una sociedad de iguales se rozaba con los dedos mientras caminabas por las concurridas estaciones de metro, ahora reconvertidas en espacios públicos: mercados, teatros, escuelas y negocios particulares florecían por doquier. La honradez estaba sustituyendo a la justicia como valor primordial de aquella sociedad...

Me gustaría acabar aquí, dejando un sabor agridulce al posible lector, pero la historia no acaba aquí, y no puedo aseguraros un final feliz. Las fuerzas de seguridad de Nueva Las Vegas han decidido resolver el asunto de las ruinas de Madrid. No pueden tolerar que una democracia real y participativa haga sombra a su mediocracia. Que alguien elegido por los miembros de una sociedad dirija a esta hacia su objetivo es impensable. ¡Es un mal ejemplo! ¡El líder marca los objetivos y la sociedad los acata! ¡Así funcionan las cosas!

- Martín nunca olvidó a su mujer ni a su hijos; lo cual no le impidió fundar una nueva familia. Era un enfermo de empatía, pero fue capaz de entender que para cultivar en la jungla, primero hay que quemar la selva; sabiendo que lo quemado nunca carece de valor. Si quería una sociedad más justa, más pacífica, no podía rehuir el enfrentamiento. Su gente así lo entendía. Y él los lideró. -

Nos atacan sin piedad con sus ejércitos mercenarios. Su potencia de fuego es abrumadora. Pero la táctica de guerrillas que estamos siguiendo funciona: como mínimo tardarán años en derrotarnos... y quién sabe si podemos ganar: ya hemos encontrado aliados entre sus filas...



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Día Mundial de los Docentes



Hoy es el día mundial de los docentes: ¡Apóyanos!
http://www.5oct.org/2012/index.php/es/

Y ponlo en tu blog: http://download.ei-ie.org/Docs/WebDepot/WTD2012_final_web_ESP.jpg
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Microrrelato - Conversaciones entre un banquero y su hijo (III): "Becarios".


- ¡Emilín! ¡No des portazos al entrar! Sabes que no me gusta. A ver. ¿A qué viene ese mal humor? ¿Te han dado las notas? ¿No habrás bajado de sobresaliente de media? 
- Hola papá. No.
- ¿No qué? 
- No he bajado de sobresaliente.
- ¿Entonces?
- Un chico ha sacado mejores notas que yo.
- Bueno. ¿Y?
- Nunca le gano. Aunque estudie.
- ¿Y quién es ese?
- Pascual Pérez. Es un empollón. Y encima, también es mejor que yo jugando al fútbol; y al paddle; y al tenis; y...
- Ya veo hijo. Pero te tienes que acostumbrar a no ganar siempre, sólo casi siempre. Vamos a ver lo que puedo hacer. ¿Quién es su padre? ¿Pérez? Que apellido más vulgar.
- No se papá. Creo que su padre no tiene trabajo y por eso es becario. 
- ¡Becario! ¿Has dicho becario? No sé adónde vamos a llegar. No nos libramos de la gentuza ni en los colegios más exclusivos. ¡Hay que acabar con ese invento demoniaco!
 - ¿Que invento papá? 
- ¡Las becas por supuesto! Ya está bien de que un pobretón cualquiera le quite el mérito o la plaza a quien realmente lo merece. 
- ¿Y quién lo merece papá? 
- El que paga, por supuesto.
- Pero papá; si le echan de becario no podrá seguir en el colegio, y yo no quiero eso. ¡Yo quiero ganarlo! ¡Yo quiero ser más listo! ¡Y jugar mejor al fútbol que él! ¡Y...!
- Tú te callas y aprendes escuchándome. Sin beca ese Pascual nunca habría sido mejor que tú. ¡Nunca! A ti no te dan beca; a él sí. 
- Pero papá, yo no la necesito; tú puedes pagar el cole... 
- ¡Calla! No se trata de que lo necesites o no. Se trata de que a él le dan algo que a ti no. Y eso es hacer trampa. Tendría que ser lo mismo para los dos. Ese Pascual es un tramposo. ¡Y yo no soporto a los tramposos! 
- Visto así. Claro... si fuera un tramposo ya no me tendría que importar que me ganara... el muy becario. 
- Eso es hijo. Porque sabes que hace trampa el muy becario. Y no te preocupes más que se me ha ocurrido una cosa. 
- ¿Qué cosa papá? ¿Una sorpresa? 
- Sí. Una sorpresa para el año que viene... 
- Yo quiero saberla... yo quiero saberla... porfa... papi... 
- Esta bien. Te la diré si luego te vas a hacer los deberes y me dejas hacer unas llamadas. ¿Vale? 
- Vale. 
- Voy a hablar con una amiga mía para que seas el chico más listo de la clase siempre. A partir del año que viene, eso sí... 
- ¿Sí? ¿Y cómo lo harás? 
- Ya lo verás hijo, al año que viene...

 (Un año después)

- ¡Papá! ¡Papá! Que dicen en la tele que ya no va a haber becas...
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