Microrrelato - Mi casa.

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Nunca tuve una casa. Las tres paredes de esta celda son lo más parecido a una que he conocido. A veces cierro los ojos y me imagino que vivo en un edificio, y que el patio de la prisión es un parque con arboles, niños jugando y una fuente.
Mi ilusión dura poco; no se como es vivir así y pronto se me acaba la imaginación. Todo aquí es triste, todo es sucio; nada distrae mi mente ni me impide acabar pensando en mi niña. Cada vez que lo hago me pongo a llorar, por eso en el talego me llaman Llorón.
Diana es el nombre de mi niña. Se me murió en un coche robado mientras corría hacia el hospital. Tenía siete años y una gracia en el cuerpo que no le cabía; me miraba mucho y fijamente, y siempre reía mis tonterías. Era mi alegría. Bailaba. Cantaba. Iba a clase y era aplicada.
Aquel año hizo mucho frío. La chabola estaba más rota que nunca. El viento era infernal y nos habían robado los cuatro trastos que teníamos. Dormí abrazado a mi niña, con dos mantas prestadas por unos vecinos que estaban peor que yo, pero no tenían hijos. No fue suficiente, porque aquella noche me desperté con las fuertes toses de mi tesoro. Tenía mucha fiebre. Escupía sangre. La envolví lo mejor que pude con las mantas y salí de la chabola con la niña sin parar de toser. Tardé 13 minutos en encontrar un viejo clio y hacerle el puente.
Puse a la niña en el asiento de al lado. Salí a toda velocidad. Pero a los trescientos metros terminó mi carrera: atropellé a una mujer. Fue un golpe seco, el sonido no lo recuerdo. No había sonido. No sabía de donde coño había salido. Todo ocurrió en décimas de segundo. Vi su cara estampada en el asfalto, no estaba muy lejos. De repente me di cuenta de que ya no oía las toses de Diana. La acaricié, pero no se movió. Asustado pisé el acelerador camino del hospital mientras empezaba a ganarme el apodo.
Paré en la puerta y entré con ella. Una enfermera me quitó a la niña de los brazos nada mas verla y se la llevó. Les pedí que mandaran una ambulancia al lugar del atropello. Durante los quince minutos que tardaron en intentar reanimarla y certificar la muerte tuve tiempo de recordar a la mujer; era rubia y su cara me resultaba familiar. Justo antes de que salieran a darme la noticia recordé: la conocía de la tele, había salido enseñando la casa de su perro (con calefacción y todo). - ...La niña ha muerto.
Solo recuerdo que desperté ya en la cárcel. Me contaron que empecé a gritar. No lo se, ni me importa. Ni eso, ni los veinte años que mi abogado dice que me van a caer por homicidio involuntario y denegación de auxilio... Tampoco es que me importe mucho la rubia. No me alegro de su muerte, pero no puedo decir que lo sienta...
Mañana estaré con mi niña. Mañana tendremos, no un piso, una casa, con su jardín, y una fuente, y un perro; solo para nosotros. No tengo más que añadir.

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