Microrrelato - El balcón.

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Imagen de NidalM
Le dolía el dedo de tanto pulsar aquel maldito botón. Su cara estaba lívida, desencajada. Pensó que estaba histérico, que debía calmarse. Miro el vaso de whisky pero estaba vacío. Intentó calmarse, recordar todo lo que había hecho antes de salir al balcón...
Salió de la sauna y se sirvió medio vaso de whisky. No uno cualquiera, de esos que cualquier paleto puede comprar en el supermercado; no, aquel whisky había sobrevivido a la guerra de secesión y también a la de Irán. Se sintió satisfecho y pensó que sería una buena idea salir al balcón. Aquello cerraría los poros de su piel. Se puso el albornoz y pulsó el botón que abría la puerta. En aquel ático todo estaba automatizado, o domotizado, como decía su arquitecto. Inmediatamente el frío cortó su cara y las partes desnudas de su cuerpo. Era primavera, pero a una altura de 731 metros eso importa poco.
Bebió un trago largo. Las vistas eran impresionantes; debía de reconocer que lo del balcón flotante con suelo de cristal había sido un gran acierto. No había estado aquí desde que se había trasladado, hacía una semana. La ciudad se veía fría y distante, como cubierta por una fina neblina que la hacía casi onírica. Estaba empezando a subirle el alcohol. Decidió entrar y se dirigió hacia la puerta.
La puerta estaba cerrada; recordaba haberla dejado abierta; pero no le dio importancia y simplemente pulsó el botón de apertura. No pasó nada. Lo pulsó otra vez y la puerta permaneció inmutable. Comenzó a aporrearlo insistentemente con el dedo corazón sin resultado alguno. Golpeó con el puño todo el cajetín para al final acabar lanzándose con el hombro contra la puerta de cristal una y otra vez; hasta que el dolor le hizo recordar que era cristal blindado, a prueba de granadas.
Miró a su alrededor: el balcón vacío, el vaso desierto. Empezaba a tener frío de verdad. ¿Como coño se había cerrado la puerta? Su mente comenzó a trabajar. Desbloqueó la seguridad de la casa al llegar. Debían ser las ocho. La casa se bloqueaba automáticamente a las diez si no detectaba movimiento. Debió de salir al balcón pasadas las nueve y media. No recordaba que hubiera detectores de movimiento en el balcón...
Tenía que entrar otra vez de alguna manera. Se estaba helando y la perspectiva de pasar una noche allí era intolerable (eso si aguantaba hasta la mañana). ¿Una noche? Nadie lo echaría en falta en días; se suponía que esa misma mañana se iba una semana de vacaciones a Madagascar. Nadie iría a limpiar el ático, ni le llamaría...
Empezó a desesperarse. Cogió el vaso. Quizá si lo dejaba caer. Dudó. Desde esa altura si le daba a alguien lo mataría. Bueno, esa era su única opción; porqué si no nadie llamaría a la policía, y nadie iría a investigar, y por lo tanto nadie le rescataría... Sus abogados le sacarían de aquel muerto (nunca mejor dicho), lo importante ahora era salir de aquel balcón antes de morir congelado. Decidido, dejó caer el vaso cuando le pareció que alguien pasaba por debajo. Aquello no produjo efecto alguno.
Esperó y desesperó hasta que las uñas comenzaron a ponersele violáceas. Estaba adormilándose. Le dolían los huesos y no sentía los pies. Fue entonces cuando pensó en tirar el albornoz. No se decidía. Probó a quitárselo; el frío era insoportable, pero si lo tiraba quizá alguien fuera en su ayuda (el albornoz incluso llevaba grabadas sus iniciales). Al final lo lanzó. Ocho días después la muerte del magnate del coltán C. J. Bonti aparecía en todos lo medios de comunicación: muerto, semimomificado en el balcón de su casa, desnudo.
Las gentes de bien lloraron el hecho y lamentaron el desgraciado accidente. Todo se había debido a un cúmulo de infortunios: una avería fortuita del interruptor de la puerta del balcón, junto con la programación automática de la casa. Una verdadera fatalidad.

Kim P. sonrió amargamente en su destartalada casa. Cuantas vueltas había dado su vida. De extraer coltán con sus propias manos a los seis años (durante jornadas de doce y catorce horas), a niño soldado con nueve; perdiendo por el camino a dos hermanos y una hermana y a sus padres, tíos y abuela.
Luego, con dieciséis años, y cientos de muertos a sus espaldas, se monta en el tren de aterrizaje de un avión de la ONU y acaba en Europa. Lo pillan trapicheando con droga. En la cárcel hace un modulo de electricidad; es violado por presos y carceleros, y cumple su condena. Cuando sale ya tiene 31 años. Empieza a trabajar sin contrato para un subcontratista de un subcontratista que le está haciendo un ático a un ricachón. Pone cables e interruptores.
El último día de trabajo allí le piden que ponga un cajetín en el balcón. Mientras lo está haciendo oye el nombre del dueño del piso C. J. Bonti. Un encargado le esta enseñando a otro una revista en la que aparece su cara y un titular: “C. J. B. Un hombre hecho a sí mismo”. No puede creer lo que ve. ¡Conoce a ese tío! Ahora está mas viejo, pero está seguro: era el jefe de la mina de coltán donde él trabajó de niño.
No sabe por qué, es una tontería, pero decide hacerlo. No conecta bien uno de los cables del interruptor; parece bien colocado pero el sabe que no lo está. Es su pequeño acto de venganza. Acaba el día de trabajo y con él la semana. Recibe su sueldo y ninguna queja (seguramente nadie se ha molestado en comprobar el interruptor). Le dicen que como la obra ya esta acabada no le necesitan más. Su dura vida prosigue. Nunca una muerte pesó tan poco en su conciencia...

6 comentarios:

  1. Este relato me ha encantado.
    La historia te atrapa desde el principio y estás deseando saber más.
    El final muy bueno, aunque quizá no era necesario explicar con demasiado detalle el boicot al mecanismo, ya que es fácil de intuir y la sutileza es parte importante en los microrrelatos.
    Felicidades nuevamente y a seguir así ;)

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  2. Muchas gracias. Tomo nota de los consejos...

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  3. Genial una vez más, para cuando un maxirelato ???

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  4. ¡Uff! Eso son palabras mayores. Pero con estos ánimos todo se andará... ;))

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  5. Falta de ortografía en la línea 9. Debería poner "abría"

    "pulsó el botón que >>>habría<<< la puerta."

    Saludos

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  6. ¡Glups! (vergüenza) Gracias. Errata corregida. :) Todos los comentarios son bienvenidos, y especialmente estos, que me ayudan a mejorar.

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