Microrrelato - El traje de tonto.

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Cuando encargó el traje le pareció una buena idea. No era legal, pero si le pillaban al menos tendría la eximente de que no mejoraba sus capacidades. Tardó en reunir el dinero más de 2 años; 27 meses para ser exactos, tras los cuales contactó, a través de internet, con una empresa China. Y aún tardó dos meses más en convencerlos de que su pedido era algo serio, y sólo después de haber pagado por adelantado.
Lo que dejaba fuera de juego a los chinos era la implementación del software. Manipular el hipotálamo y el córtex mediante estímulos micro-eléctricos era algo normal, implementarlo en los trajes también (muchos profesionales lo hacían; y por supuesto las fuerzas armadas); pero el les había enviado un código soft que haría de quien llevara el traje un perfecto gilipollas, un atontao, un homer. ¿Quién en su sano juicio querría vestir aquello?
Una vez resueltas sus dudas, fabricaron y entregaron el traje en 24 horas. Recibió el pedido a primera hora de la mañana. Su viejo reloj de bolsillo nunca le engañaba. Era un traje ideal, atemporal, de corte impecable y líneas puras; su color jugaba con el azul marino y el negro tejidos inteligentemente. Tenia bolsillos para reloj y pañuelo. Nada en su factura indicaba que fuese algo más que una prenda de vestir en dos piezas. Aquella misma mañana lo estrenó. Por primera vez en años fue elegante y contento al trabajo. Saludo a todo el mundo y escuchó con una sonrisa los planes y las órdenes de sus superiores.
A los pocos días y casi sin darse cuenta se había convertido en un asiduo de los almuerzos con los compañeros; hablando de los resultados deportivos y de lo gordas que tenía las tetas la nueva adjunta de dirección del jefe. Las semanas se le pasaban volando y cada noche cuando llegaba a casa y se quitaba la ropa se decía a si mismo que todo habría sido mucho más duro sin su traje.
Los meses fueron pasando y cada vez estaba más contento con su adquisición: Flirteaba con las compañeras; bravuconeaba con los compañeros; le lamía el culo al jefe; no se ofendía por nada; y hacía bien su trabajo, mecánica, satisfactoriamente y sin frustraciones. De manera natural se convirtió en el líder de los muchachos; las mujeres le adoraban hasta el extremo de tener que hacer horas extras en la oficina con la connivencia de algún que otro viagra. Y por fin, un día, fue ascendido: Sus jefes ya no le veían como a alguien peligroso, superior o mejor preparado que ellos.
No pasó mucho tiempo hasta que su fulgurante carrera llamó la atención del presidente de la corporación que, sin previo aviso, lo llamó una mañana a su faraónico despacho.
No se temía nada bueno y la conversación no pudo empezar con peores augurios. Le pidió que se desvistiera tras un biombo y se pusiera otro traje. Tras esto le explicó que sabía lo que había estado haciendo, y que sólo tenía dos alternativas: O se entregaba a las autoridades (puesto que alterar las condiciones mentales propias para mantener un puesto de trabajo era ilegal) o compraba su silencio (comprometiéndose a no abandonar nunca la corporación y a llevar siempre el traje).
Aquello no se lo esperaba, le supuso un shock; y el presidente lo advirtió y aprovechó su debilidad para a bocajarro ir enumerando todos los actos delictivos que sabía había cometido: lectura de libros subversivos y del siglo XX, chats comunistas, ideas socialistas, contra-capitalismo, lo del traje...
El presidente sirvió dos coñacs y le ofreció uno; le explico como en una ocasión el anterior presidente le había presentado una oferta parecida a la que ahora él le brindaba. Lo podría tener todo: poder, dinero, hombres, mujeres, drogas, incluso cosas que ahora era incapaz de imaginar. Todo accesible para él desde su inexpugnable nuevo estatus social como mano derecha del presidente de la corporación; por fin alejado de los hedores de la miseria, el fanatismo y la incultura que el estado del neo-fascismo capitalista había traído. Y todo sólo a cambio de llevar el traje siempre. Bueno, tal vez, de ser un gilipollas para siempre (que jamás se volvería a interesar por leer El Lazarillo o a Goethe, pero que gustaría de los desplegables centrales 3D de las revistas deportivas; que no volvería a estremecerse con Mozart o Puccini, pero que tararearía lo último de la M3VD mientras se desplazaba en su vehículo privado u organizaba barbacoas en su ático.
La decisión estaba tomada. Era cobarde. Sin hablar avanzó hasta el biombo. Dos lagrimas le cayeron mientras se vestía. No hizo por limpiarlas. Cuando salió, comento: Me he emocionado con el ascenso tanto que no he podido evitar derramar unas lágrimas. Se secó con un pañuelo y no volvió a hacer referencia al tema. El presidente se despidió de él no sin antes recordarle que no había vuelta atrás; la corporación tenía medios para deshacerse de traidores y desertores. Le dio una palmadita en el hombro y le dijo que le esperaba un gran futuro si seguía trabajando así.
Salió tras varias reverencias y se dirigió a su nuevo despacho. Allí sacó su reloj de bolsillo y esperó hasta que fueron las once en punto. En ese preciso momento un fragmento de la sinfonía nª 40 de Mozart comenzó a brotar de aquel prodigio de la relojería fabricado en 1840 en Austria (y que desde entonces había pasado de generación en generación dentro de su familia, como único objeto de valor). Se estremeció y una lágrima recorrió su mejilla... Hasta el final de sus días llevó el traje, ya no se lo quitó ni para dormir. Y hasta el final de sus días, primero como vicepresidente, y luego como presidente de la corporación, mantuvo la costumbre de escuchar las horas en su viejo reloj. No sabía ya porqué, pero aquel sonido le era tan grato...

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