Microrrelato - Las tres resurrecciones de Josefina Ortiz.

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Foto de Cheyenne Weil y Joshua Coxwell
- No una, ni dos, sino tres veces, resucitó Doña Josefina Ortiz, que en paz descanse. Yo misma lo vi con mis propios ojos las tres. Que si no fuera así, de otro modo, no me lo creería-. Así contaba la nuera de la fallecida los hechos.
Y proseguía. - Las tres veces al borde de la muerte, las tres a cura pasado, las tres pidiendo como último deseo: “Una ensaladica de cebolla y naranja. A poder ser con su poca de escarola y sus aceitunicas negras. Un poco de bacalao. Un buen chorro de aceite y apenas una pizca de sal y otra de pimienta”.
- Y tantas veces como la pidió, la ensalada le fue llevada; que fueron hasta cuatro, aunque la última no cuenta porque no salió bien parada la mujer. Pues mira tú, que era comer la ensalada y el rubor le volvía a las mejillas. Que de pronto parecía que hubiese rejuvenecido diez o veinte años. Menos esta última vez, claro está.
- Y así, tras comer su ensalada, la mujer se iba recuperando poco a poco, pero tan milagrosamente que el doctor no daba crédito. Y ya teníamos Josefina para dos o tres años hasta que volvía a enfermar. Así hasta que se nos fue (padre, hijo, espíritu santo). En la familia no damos en acertar lo que le devolvía la vida; ni tampoco lo que echo a faltar esta última vez-. Luego la buena mujer, abruptamente, cambiaba el tema de la conversación para hablar de lo bien colocados que estaban sus hijos. Así que aquí la dejamos y proseguimos nuestra historia...
En la familia, salvo la nuera, quien más y quien menos tenía su teoría sobre lo que le había pasado a doña Josefina. Por ejemplo, la hija era del parecer que eran las cebollas, y que siendo estas últimas ya viejas no le habían hecho efecto. El hijo por el contrario, pensaba que el bacalao tan bueno que le traía el era lo que la había salvado tres veces; y que la cuarta vez no había podido ser porque no quedaba en casa y tuvieron que salir a pedirle a la vecina. Vecina que se decantaba por la teoría del mal de ojo; cosa que siempre hacía cuando alguien enfermaba, moría o simplemente tenía mala suerte. El cura opinaba que aquello era cosa de dios y que podría organizar en la casa unas reuniones para reflexionar y rezar en comunión, luego ya vendría lo de buscar la beatificación (afortunadamente para todos, su oferta fue rechazada). Otros hablaron de la escarola, el aceite, el agua, la naranja y hasta las energías positivas del lugar. Ninguno acertó. Solo una persona sabía lo que había sucedido: Pablito.
El único nieto de doña Josefina, Pablito, le tubo siempre mucha querencia a su abuela. Nunca se cansaba de jugar con ella al dominó, a pesar de que sabía que le hacía trampas. Nunca le negaba un beso. Y casi siempre le hacía caso. A cambio su abuela nunca le mintió, y lo que era aún más importante, nunca le trato como si fuera tonto por ser un niño. Además, también le hacía unas magdalenas riquísimas.
Se asustó muchísimo la primera vez que vio caer enferma a la abuela, con cinco años. No así la segunda, ya con siete, ni la tercera, con diez, en las que parecía estar muy tranquilo; iba de un lado para otro y diciéndole a todo el mundo: “La abuelita se va a poner bien. No tenéis que preocuparos”. La cuarta fue la peor, le dijo a todo el mundo que se iba a morir; y acertó. Primero lloró mucho, pero luego se le pasó e incluso insistió en ver por última vez a su abuela. Le dio un beso. Luego no quiso ir a la misa, ni al entierro. Decía que dios ya no le gustaba.
La madre y los familiares achacaron el extraño comportamiento del niño a lo mucho que quería a su abuela, a lo dolorosa que era para él su muerte. Y aunque en parte así era, no era toda la verdad. Faltaban estas palabras que Doña Josefina, tras su primer encuentro con la muerte, le dijo a su nieto: “No te preocupes cariño mío. No me moriré hasta que no te vea hacer la primera comunión. Luego dios dirá”.
¡Ay! Si doña Josefina hubiera sabido del efecto de sus palabras... seguramente la humanidad se habría perdido a uno de sus mejores filósofos, o al menos, al más irreverentemente ateo...

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