Microrrelato - Libertad para un nombre.

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Foto de Suncatcher Craft Eyes
Era un día especial, muy especial: iban a ponerle un nombre a su hija, la única que tenían, y la única a la que tenían derecho según la ley. Estaba feliz, muy feliz. Tanto que ya no se acordaba de las 700 horas extra que tendría que hacer durante el resto del año para pagar el nombre de su hija.
Comenzó a vestirse. Aquella ropa prestada por dinero le quedaba especial. Estaba muy guapa. Lástima que tuviera que devolverla dentro de cuatro horas, le hubiera hecho ilusión llevarla todo el día...
Mientras se mojaba su pelo corto, siguió pensando en lo que le había costado el nombre. Lo mismo que un año de préstamo de vivienda; y eso que no había elegido uno de los nombres más elegidos; de hecho, el nombre que había elegido le había salido muy barato; era muy poco usado, y menos aún como “nombre de pila”. Que bien debe sonar, pensó.
Nombre de pila”... Hoy podría decir durante la ceremonia “nombre de pila”, y “pollo frito”, y “semilla”, y “teléfono”, y “pad”, y “libro”, y todo lo que quisiera... durante los 3 minutos que tras la ceremonia se le darían a las madres para decir algo; podría decir lo que le diera la gana, sin temor a las multas, sin temor a salirse de su tabla de palabras asignadas (dos mil, ni una más ni una menos; eso si, podía usar todos los tiempos verbales que quisiera).
Cerró de un portazo. Bajó y cogió su bici mientras seguía disfrutando del momento por adelantado. Durante tres minutos no tendría que decir cosas como “maquina de hacer fotos”, o “gente que conozco desde hace tiempo”, o “agujero en la pared”, o “maquina del tiempo”. No. Durante tres minutos diría junto a su pareja todo lo que quisiera (siempre que no fuese en contra del orden público y la ley); podría usar todas esas palabras que a veces leía sin pronunciar en las pantallas de anuncios, en los rótulos de las multinacionales, y en las portadas gratuitas de los e-periódicos con suscripción. Esas que su abuela le susurrara a escondidas, al oído: “cámara”, “reloj”, “ventana”, y también “alegría”, “memoria”, “justicia”. Esas que ya solo pagando se podían ver formando una historia, y pagando mucho. Esas que muchas veces no sabía que significaban.
Ir en bici le relajaba, lo cual era una suerte teniendo en cuenta que no tenía otra cosa. Le daba la oportunidad de pensar. ¿Cuanta gente tendría acceso a los grandes libros? Aquellos de los que le hablaran sus abuelos, con historias que no estaban echando en ningún canal y que habían sido escritas hacía mucho tiempo. Escritas por gente con nombres tan enigmáticos como “Cervantes”, “Shakespeare”, “Saramago”...
Cuando llegó a casa de su mujer, ella ya la estaba esperando en la calle con su hija. Las dos estaban guapísimas. Tan morenas y sonrientes. Era una pena que no pudiesen vivir juntas; pero era algo impensable. No comiendo podrían tener para el préstamo por dinero de un apartamento para tres; pero para la licencia hacía falta mucho mas dinero, muchísimo más...
Besó a su pareja y cogió en brazos a su hija y la besó, y la abrazó, como si hiciera meses que no la veía. Guardaron la bici en la entrada y después echaron a andar hacia el Registro; estaba bastante lejos, pero no quedaba otra. Su pareja también estaba de horas extra hasta las cejas; era la única manera de ahorrar para poder pagar los futuros costes del colegio de la niña, con su vocabulario básico de dos mil palabras y su asistencia sanitaria incluidas.
Estaban muy contentas. Aquel era uno de los días más felices de sus vidas. Durante tres minutos iban a poder utilizar las palabras y las frases que quisieran para celebrar el nombre de su hija. Y no solo eso: iban a poder grabarlo. ¡Legalmente! ¡Todo! Incluido el mágico momento en el que pronunciarían su nombre: Li-ber-tad.
Apretaron el paso mientras charlaban, animadas por sus ideas. Las dos estaban de acuerdo, su hija no sólo tendría un nombre bonito, además no lo perdería. Ella no tendría que quedarse sin nombre por no poder pagar los derechos. No le pasaría como a ellas, para eso estaban ellas; y harían todo lo que fuese necesario. Las dos habían vendido ya uno de sus riñones, pero todavía les quedaban otros recursos, y fuerzas para trabajar...
Pararon un momento para coger aire. Miraron a su hija; les sonreía como si entendiese lo que habían hablado. Era una niña feliz... y quien sabe, quizá algún día libre, o al menos libre para decir lo que quisiera sin preocuparse de su precio...
Empezaron de nuevo a andar... Las dos, con Libertad, sonrientes...


4 comentarios:

  1. Magnífico, emocionante, magistral...
    sigue así que llegaras muy alto !!!

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  2. Muchas gracias; pero no te pases con tantas alabanzas que se va a notar mucho que somos amigos... ;)))

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  3. Creo que vipvap se queda corto, de hecho... Enhorabuena...

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  4. ¡¡Gracias!! Resulta muy halagador que alguien dedique parte de su tiempo a leer lo que escribo...

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