Parafraseando al reverendo Martin Niemöller

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Foto de De Todos los Colores
Primero esquilmaron África, Asia y Sudamérica.
Y yo no hablé porque no era ni negrata, ni amarillo, ni sudaca.
Después fueron a por los socialistas y comunistas,
Y yo no hablé porque no era ni rojo, ni de izquierdas.
Después vinieron a por los occidentales,
Y yo no hablé porque era europeo.
Después vinieron a por mí,
Y para entonces, ya no quedaba 15-M que hablara por mí.
 


Llevamos tanto tiempo admitiendo lo inadmisible que ya ni nos damos cuenta...
Desde niño me he visto rodeado de noticias, imágenes y comentarios que me hablaban de lejanas tierras en las que la gente moría de hambre. Me acostumbré a ellas, me acostumbré a ver niños desnutridos mientras yo me dejaba varias cucharadas en el plato. Fui creando una dura coraza de metal que me prevenía de sentir otra cosa por ellos salvo pena. No me indigné con mis gobernantes, no exigí que se utilizaran parte de nuestros impuestos para ayudar a estas personas (o al menos no lo suficientemente alto). Pensaba que era algo inevitable, que la culpa era de sus políticos corruptos y su carencia de democracia. No quería reconocer que la culpa era de “nuestros” políticos; los defendía pensando que todo lo hacían por sus ciudadanos, y por un extraño sentido del patriotismo.
Crecí y me equivoqué, o me equivoqué y crecí... Y me fui dando cuenta de que los políticos decían una cosa y hacían la otra, a través de pequeños indicios (como defender lo público mientras llevas a tus hijos a un colegio privado inglés, o como afirmar que tenemos la mejor sanidad del mundo mientras vas a operarte a una costosa clínica norteamericana, o como dejar el cargo político para irte a la empresa privada (antes pública, pero privatizada por ti mismo).
Me fui alejando de esa casta corporativista que buscaba “lo mejor” para una sociedad de “paletos” que necesitaban, como las ovejas, un pastor al que seguir fiel y ciegamente. Fui escuchando los avisos de personas que rápidamente fueron silenciadas, viendo como se ninguneaban los esfuerzos de grandes hombres como Vicente Ferrer. Y seguí concentrado en mis problemas, en mi mundo cada vez más diluido. Dediqué el 0,7 % de mis esfuerzos a ayudar a los pobres. En un mundo de lobos, ovejas, pastores y perros se fue conformando un descreído perro-flauta intelectual para el que no había lugar (y menos ahora ante la inminente satanización de movimientos como el 15-M).
Y no sólo no conseguí nada, sino que desperté las “sub-consciencias” de la gente, que cada vez lo tenía más claro: “Siempre habrá ricos y pobres; lo importante es que no me toque a mí ser pobre”. Y mira tu por donde nos ha tocado, y de gordo...
Los que antes no salieron a defender lo que no consideraban de su incumbencia se han dividido en dos bandos: los que siguen sin hacer nada (su coherencia les honra) y los que han decidido intentar hacer algo (aunque solo sea perder todas sus fuerzas en reproches hacía los que fueron durante tanto tiempo sus compañeros de viaje y que siguen apáticos).
Es difícil sentirse legitimado para defender unos derechos universales, unos mínimos de solidaridad, ética y moral para nosotros, cuando durante tanto tiempo hemos pisoteado las vidas de tanta gente. Se me hace muy duro ver como algunos mandan mensajes de solidaridad, de revolución y esperanza desde enjoyados terminales móviles de última generación fabricados en Asia por esclavos de facto de un gobierno dictatorial. Todos hemos participado de esta orgía de injusticia y prepotencia, y algunos aún piden más. Es momento de tragarnos verdades como puños...
Deberíamos exigir no sólo soluciones, sino que además éstas soluciones empezaran donde comenzaron los problemas: en África, en Asia, en Sudamérica. Allí donde el capitalismo ha provocado más injusticia y más hambre, allí donde hemos creado monstruos genocidas, allí donde los honestos y honrados empresarios occidentales lavan sus trapos sucios (llenos de sangre, coltán, y beneficios).
Las democracias mundiales se han metamorfoseado en rico-cracias. Cada vez influimos menos en las decisiones de los gobiernos. La ley del más fuerte es la norma a todos los niveles. ¿Qué pensábamos? ¿Que los reyes del capitalismo iban a respetar a sus compatriotas? Pues nos equivocamos. Ahora las fuerzas de élite del neoliberalismo desembarcan en Europa. Ahora ya nos pica...
¿Qué más necesitamos para reaccionar? ¿Para hacer las cosas bien? ¿Para asumir nuestra parte de culpa y recordarle a los más ricos la suya? Todos hemos sido y somos cómplices de un gran genocidio a escala mundial que dura ya más de cincuenta años. Abramos los ojos. Millones de personas muriendo sistemáticamente cada año en nombre del beneficio, del progreso, de las pantallas planas de 50 pulgadas...
¡Da asco! ¡Damos asco! O cambiamos nuestra actitud o todo lo que nos pase parecerá pura justicia poética; moriremos como hemos matado: sin un verdugo claro; de hambre, o por falta de asistencia sanitaria, o por el puro capricho de alguien que puede y tiene la voluntad. ¡Estamos dejando a Hitler al nivel del betún!
No dejemos que vengan a por nosotros, seamos nosotros los que vallamos a por ellos. Para hablar, para convencer, y en última instancia para imponer la ley del más fuerte solo que con nosotros como ganadores (su ley hecha nuestra, puntualmente, para derrocar su ley). No se trata de acabar con los ricos, se trata de acotar su riqueza, de separar poder económico y político. De repercutir en la sociedad los beneficios que su existencia les ha generado.
La honradez intelectual debe imponerse. Ser persona debería ser suficiente para merecer que no te dejaran morir de diarrea, ni de hambre. Debería ser suficiente para darnos cuenta de que lo único que nos distingue del resto de animales es que hemos conseguido crear nuestras propias leyes. Unas que en mi opinión están por encima de las leyes de la naturaleza: las de la Ética y la Moral.

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