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Imagen de Dana Berry - SkyWorks Digital

No me ha costado mucho decidirme. Una vez lo has aceptado es lo mejor. Casi sería decepcionante que no te ofrecieran la posibilidad. Y aunque siempre puedes decir que no, y nadie te lo echará en cara, la mayoría aceptan.
Yo siempre la tuve como la mejor opción, en el improbable caso de ser uno de los pocos desafortunados que, en pleno siglo XXVII, seguían muriendo, no de viejos con doscientos años, sino por alteraciones incurables sin tratamiento.
Y mira tú por donde, mi enfermedad es una de esas tan raras que nadie se ha molestado en buscar curación (no es rentable). Rara y rápida: me quedaban apenas tres años, cuando me enteré...
Como, al igual que el 70 % de la población, no tengo familia (soy probeta), he dedicado todo este tiempo a prepararme. Voluntariamente ingresé en el centro de reclutas de Cabo Cañaveral, y allí he permanecido durante todo este tiempo. Creo que, finalmente, estoy en condiciones óptimas para desempeñar mi misión.
Mañana partiré, en un viaje que, visto desde fuera, durará cuarenta años. Horas después de alcanzar mi destino iniciaré la fase final de mi misión. Deseo que sea fructífera. Pensar que podría aportar aunque fuese un solo dato nuevo me llena de satisfacción y cierto orgullo (debo reconocerlo).
Pero eso será mañana; antes debo acabar este breve auto-memorial, que será añadido a los otros tres mil setecientos once que le preceden. En cuanto lo acabe me dormirán e iniciarán la intervención quirúrgica. En menos de una hora habrán acabado. Por eso, entre otras cosas, es tan importante que lo escriba ahora, porque serán mis últimas palabras como ser humano.
Luego seré otra cosa: una especie de sonda ciborg de unos 40 kilos de peso; de ellos doce de carga útil (de los cuales 1.370 gramos corresponden a mi cerebro y el resto al sistema que lo mantiene funcionando), el resto puro fuselaje fruto de nuestra mejor tecnología, fabricado para resistir el mayor tiempo posible el infierno que le espera.
Ningún sistema de comunicación, ni de hibernación; ya sabéis que no tienen sentido a velocidades quanto-relativistas, ni una vez alcanzado el horizonte de sucesos... pero eso no evita que el efecto psicológico sea demoledor; aunque no insuperable, afortunadamente.
Solo, en un viaje que para mí durará 6 meses, y en el que recorreré trescientos doce años luz. Directo al meollo. En un recorrido que ya todos conocéis y que no aportará nada, salvo un nuevo récord de velocidad (si todo sale según lo previsto pasaremos de 7,794·c a 7,826·c). Y desde allí rumbo a lo más parecido al infierno que la física ha podido encontrar: un agujero negro. No “el gran agujero negro” del centro de nuestra galaxia”, que a más de veintiséis mil años luz está demasiado lejos, sino uno más cercano y modesto; pero un agujero negro, al fin y al cabo.
Una vez cruce el horizonte de sucesos empezaré a enviar la información telepáticamente: el único medio capaz de transmitir datos desde un agujero negro. Todos sabéis que no conocemos demasiado acerca de su funcionamiento (a pesar de siglos estimulando nuestros cerebros para desarrollarla), todos poseéis el don de la telepatía; y todo sabéis lo imprecisa que puede llegar a ser (por eso seguimos necesitando la escritura, entre otras cosas).
Solo prometo hacerlo lo mejor que pueda, centrarme en mi objetivo, y recopilar el mayor número de datos posible que los sensores de la sonda envíen a mi cerebro. Para eso me he recibido entrenamiento. Para eso me he preparado. Y para eso se van a gastar tan fabulosas cantidades de energía (capaces de hacer sombra a las de algunas estrellas) en tan pocos segundos.
Para saber, para conocer y desentrañar el interior de los agujeros negros. Para cruzar la última frontera del ser humano y alcanzar la siguiente en esa loca carrera por conocer nuestro propósito. Para desvelar la verdad. Y yo estaré allí. Yo formaré parte de eso...
Mañana se producirá el lanzamiento y en menos de 26 semanas (paradojas de la telepatía) empezaréis a recibir lo que mi cerebro perciba a través de los sensores. Será cuestión de segundos, hasta que la sonda se desintegre. Será mi momento de Gloria...
Y quizá, solo quizá, atisbaré lo que hay al otro lado...

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