Fabula de Las Urracas Pica-Pica y los Pardillos Sizerines

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Andaban los pardillos sizerines recogiendo grano por su pinar, como siempre por aquellas fechas, cuando de repente un escuadrón de urracas pica-pica hizo aparición en sus cielos con sus iridiscentes claroscuros y sus metálicos colores.

¡Qué maravilla! ¡Qué envergadura! - piaron los pardillos; y lo mejor de todo: ¡Qué voz!

La cabecilla de las urracas (la más grande y rechoncha de todas) dijo con voz rítmica y machacona: ¡Tcha-Tcha-Tcha-Tcha-Tcha! (Que traducido vendría a significar: “¡Hemos venido a ayudaros! ¡Somos vuestros amigos! ¡Nosotros os protegeremos! ¡Os regalaremos mucho grano! ¡Y no queremos nada a cambio! Que no sea razonable...”).

Al principio la mayoría de los pardillos estuvieron en desacuerdo; ¡Pío-Pío-Pío-Pío-Pío! - decían (¿Protegernos?¿De qué? ¿Regalarnos grano? ¿Como si no supiéramos recogerlo? ¡Hasta ahora hemos estado muy bien sin vosotros!).  Pero durante 3 días y tres noches estuvieron las urracas repitiendo su áspero matraqueo: ¡Tcha-Tcha-Tcha-Tcha-Tcha! Y también regalando grano a troche y moche... 

Al cuarto día la urraca jefe volvió a hablar en un discurso memorable: ¡Tcha-Tcha-Tcha-Tcha-Tcha-Tcha-Tcha-Tcha-Tcha-Tcha-Tcha-Tcha-Tcha-Tcha-Tcha-Tcha-Tcha-Tcha-Tcha-Tcha! (¡Nuestra intención es buena! ¡Sólo queremos un mundo lleno de pájaros libres y felices! ¡Un cálido nido para cada familia! ¡Que ningún pardillo sizerín vuelva a pasar hambre o frío! ¡Y mucho menos miedo! ¡Somos así de soñadores! ¡Queremos un mundo en el que todos los pájaros vivamos en paz y armonía! ¡y la prueba de ello es que os estamos regalando el grano!)

Un atronador coro de píos vitoreó a tan magno orador: ¡Pío-Pío-Pío! ¡Pío-Pío! ¡Pío-Pío-Pío-Pío-Pío! Los pardillos habían aceptado el trato. Aclamaban a sus benefactores. Y ya soñaban con días de grano y miel en los que ningún predador acecharía sus vidas, y en los que no tendrían que buscarse el pan.

Durante unas semanas todo pareció ir sobre ruedas. La vida de los pardillos continuaba aún más plácidamente que antes. Las voces que más habían piado en contra de las urracas empezaron a desaparecer... ¡Pío-Pío-Pío-Pío-Pío! - decían los pardillos en unos y otros corrillos (¡Qué gusto tener a tan bellas y grandes oradoras! ¡Qué bien lo organizan todo las urracas! ¡Qué listas son, qué instruidas! ¡Si hasta saben contar más de tres! ¡Y encima nos regalan el grano!).

Dos semanas después las conversaciones sólo habían cambiado un poco: ¡Pío-Pío-Pío-Pío! ¡Pío-Pío! (¡Y todo lo hacen por bondad! ¿Qué necesidad tienen de molestarse en ayudarnos? No nos cuesta nada recoger un poco más de grano cada día para alimentar a las urracas. ¡Con todo lo que están haciendo por nosotros!).

Y así, los pardillos empezaron a recoger algo de grano para sus urracas. Pero no era suficiente, y pasada otra semana, las urracas pidieron más comida, y más esfuerzos. Querían formar un cuerpo de élite de buscadores de relucientes tesoros, y no les faltaron orgullosos voluntarios. A las cuatro semanas ya había un ejercito de pardillos al servicio de las urracas (de hecho todos estaban ya a su servicio): soldados, sirvientes, policías, recolectores...

Fervientes seguidores, los pardillos no paraban de trabajar durante todo el día y gran parte de la noche. Apenas comían un grano por cada tres que recolectaban, aunque no se daban cuenta pues habían olvidado contar. ¡Pío-Pío-Pío-Pío-Pío! (¿Para qué queremos contar hasta tres, si las urracas pueden contar mucho más y mejor?)- decían. Además habían cambiado sus nidos por unas viejas jaulas abandonadas ya que, según las urracas, eran mucho más seguras y confortables. “Ya pasaremos nosotras la penalidad de tener que vivir en los nidos” - dijeron estas.

Pero si había alguna queja, pronto los discursos de las urracas les hacían olvidar sus pueriles disquisiciones ovíparas para devolverles a la realidad: ¡Tcha-Tcha-Tcha-Tcha-Tcha-Tcha-Tcha! (¡Nosotros lo hacemos lo mejor que podemos! ¡Pero sois unos vagos! ¡Menos mal que estamos nosotros! Si no, ¿que haríais? ¡Desgraciados! ¡Tenéis que recoger más grano! ¡Claro que vivimos mejor que vosotros! ¡Trabajamos más!)

En dieciocho semanas aquello parecía ya más una granja de pollos, o un campo de concentración aviar, que un pinar lleno de pardillos; ningún pardillo sizerín se acordaba ya de como era la vida antes de la llegada de las urracas. ¿Pío-Pío? - se preguntaban algunos (¿Acaso había habido jamás algún “antes de las urracas”?)

Dedicaban el poquísimo tiempo libre que tenían por la noche a dormir y a dar las gracias por la presencia de las urracas (sin las cuales, pensaban, no estaríamos vivos). Eran cada vez menos y estaban débiles. No sabían que pronto su especie se habría extinguido. Seguían confiando ciegamente en sus líderes, las urracas, que eran sus salvadoras...

Estas sí que sabían lo que iba a pasar, por eso durante semanas habían estado trasladando sus brillantes tesoros a otro bosque cercano, y también el grano. Por eso y porque sabían que allí encontrarían otros pardillos, esta vez Pardillos Piquigualdos, pero pardillos igualmente, que se dejarían encantar por sus monótonas voces: ¡Tcha-Tcha-Tcha-Tcha-Tcha! (“¡Hemos venido a ayudaros! ¡Somos vuestros amigos! ¡Nosotros os protegeremos! ¡Y no queremos nada a cambio! Que no sea razonable...”)

Y así, abruptamente, como la vida de los pardillos, termina esta historia, que no pretende enseñar nada que no sepáis...

2 comentarios:

  1. Muy buena fábula... nosotros también queremos que nos regalen hipotecas !!!
    pero y el jefe de las urracas..¿se podría llamar Urracarín?

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  2. Todo lo que acabe en -rin y -tin vale... ;))

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