La corrida

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Se puso cuidadosamente las medias rosas, casi con delicadeza; luego la camisa, almidonada, de un blanco impoluto; a continuación la taleguilla, con parsimonia, tirando de los machos para apretarla bien y ajustando los tirantes; después, como siguiendo un ritual, el chaleco y el corbatín; y finalmente, las zapatillas planas, de luto, y la montera; esta última, bien calada y sin postizos (él siempre se negó a usar castañeta). 

Mientras hacía todo esto no paraba de pensar. Había elegido cuidadosamente el color del traje: champán. Un color que difuminaría su figura con la arena, que centraría la atención en el arte de su capote y su muleta. Ya se veía recibiendo los aplausos de la gente... 
 
Se levantó. Eso le trajo de vuelta a la realidad. Diez kilos de tecnología y tradición, de recamados en oro, de bordados, de caireles y alamares, de kevlar, de sensores, y biopotenciadores. Un peso que le apretaba los miembros, que le dificultaba los movimientos, y que en la plaza le haría sudar mucho aquella tarde del mes de agosto. Pero era la tradición, y la tradición hay que respetarla escrupulosamente. 
 
Comenzó a rezar con un rosario en la mano y, para cuando terminó, ya se aproximaba la hora del festejo. Se dirigió al patio de cuadrillas, donde azabaches, verdegayes, nazarenos, tabacos y purísimas, le esperaban. Dio indicaciones a sus subalternos. Saludo a los compañeros e intercambió las típicas frases (que ya sabemos que el toreo se hace, y se dice). Estaba un poco más nervioso que de costumbre. Aquella iba a ser una corrida muy especial, si Dios quería... 
 
La pantalla holográfica marcó la hora programada. Sonaron los clarines, y espadas y subalternos echaron a andar para unirse al alguacil. Cuando aparecieron en la plaza él iba a la izquierda (como le correspondía), el resto, unos a la derecha, otros detrás. El público, expectante, les aclamó. 
 
De memoria, saludó a la autoridad (en aquella ocasión el presidente de una multinacional de refrescos); cambió el capote de paseo por el de brega; y se dispuso a lidiar el primero de la tarde. 
 
Oyó como en un sueño los clarines, acompañados de ecos electrónicos, y vio a los monosabios borrosos, anunciando un nombre, peso y cárcel que ya conocía de antemano. Estaba tenso, ansioso; y tenía motivos para ello... 
 
Se abrió la puerta de toriles... y allí estaba el morlaco, “TEDE923”,con la divisa de la cárcel de LaModelo y luciendo su trapío. Salió por derecho y se abalanzó sobre el subalterno. Los miró sin verlos; conocía de memoria sus características, su embestida, sus poderosos cuernos ChinaMade-73. 
 
Saltó al ruedo sin poder esperar más y se clavó de rodillas recibiendo al burel-convicto con una larga cambiada. El público le ovacionó. No se contentó con eso. TEDE923 volvió a embestir rabioso y él lo esperó, está vez con un farol de rodillas a puerta gayola. La plaza reventaba. Y él se creció. 
 
¡Verónicas! ¡Rematados con medias! ¡Recortes! ¡Revoleras! El respetable le aclamaba. Se sintió tan seguro de si mismo que desistió de pedir picadores. Esto era algo solo entre ellos dos. Y a él, por ser el más grande, la autoridad se lo concedió. 
 
Hizo unas gaoneras de memoria, y unas chicuelinas, de esas que gustaban tanto al público. No era tan bravo el astado-hombre como lo habían pintado. Lo miró a los ojos midiéndolo. Anunciaban el cambio de tercio, cuatro quites más y ya estaba. Esto era puro trámite. Lo mejor iba a empezar ahora. 
 
Se iniciaba el tercio de banderillas; él cubriría las espaldas al banderillero. Mientras veía como este se cuadraba en la cara del morlaco carcelario una y otra vez, recordaba todos los contactos a los que él había tenido que recurrir para poder lidiarlo. Todas las súplicas que había tenido que hacer. Y por ser quien era, contra toda ley, se le había concedido; o lo que es lo mismo se había hecho la vista gorda. 
 
Siguió mirando la suerte, y pensando. Aquellas banderillas en poco se parecían a las de antaño, salvo en lo dolorosas que eran (no pudo evitar una sádica sonrisa). Hologramas y coloridos leds brotaban sobre ellas, formando oníricas imágenes. Aquellos rehileteros tenían madera: al quiebro, de poder a poder, al sesgo... y siempre en todo lo alto. Volvería a contar con ellos, si había otra vez; porque sabía que aquello tarde o temprano se descubriría. 
 
De repente vio a su tercer banderillero, veloz, buscar el burladero; el toro-hombre detrás; el primero encontró refugió en el callejón, el segundo estrelló sus astas artificiales (hechas de una aleación cerámica china, según tenía entendido) contra la barrera. Cuando se levantó (la fuerza del impacto le había hecho caer) quedó patente que se había roto el pitón del cuerno derecho; desluciría un poco la faena, pensó algo fastidiado; pero eso ya no le importaba tanto. El segundo tercio concluyó; fue a tomar los trastos y procedió a brindar el reo-toro a la hija del presidente. 
 
El morlaco penitenciario, que había perdido la iniciativa, esperaba junto a la barrera, jadeante, herido y sangrando por la espalda. Si lo había medido bien, y estaba seguro de que si, iba a ser una buena faena (a pesar de lo del cuerno). 
 
Y lo fue... en cuanto las endorfinas, la testosterona y las drogas que llevaban las banderillas le hicieron efecto, el cornúpeta impostado cambió de humor, y de lidia, y lo buscó... 
 
Empezó con unos pases por alto, instrumentando a continuación varios naturales que remató a su tiempo con un par de pases de pecho. El toro-preso embestía bien, con fuerza aún. El tendido hervía. Apuró al máximo y aún tuvo tiempo para varias manoletinas, molinetes y arrucines, y hasta un desplante. Pero él estaba algo decepcionado. Le había sobrevalorado; con ese historial delictivo, esperaba algo mejor, menos áspero. No es que fuera malo, pero él había esperado más. Y no había más, solo un despojo de morlaco humano, agotado y semidesangrado, con una infinita expresión de odio y dolor en su rostro, a punto de morir... 
 
Se acercaba el momento crucial, la suerte suprema, su venganza suprema. Se alejó un poco para intentarlo recibiendo, sin mucha esperanza. Pero para su sorpresa en cuanto lo encaró el condenado-toro arrancó hacia él. Buscó sus ojos mientras le clavaba el acero; y los encontró, junto con una desagradable sensación en su pecho. Mientras veía caer al asesino de su pequeña Martina, que murió en el atentado bomba contra las torres Lux, noto como la vida se le escapaba. Tuvo tiempo de comprobar que en su pecho, más exactamente en su corazón, tenía clavado un trozo de cuerno... ¡Maldito cabrón! Debía haberse estrellado contra la barrera adrede; y haber escondido el pitón, pero... ¿donde? ¡Al final si que tenía casta el muy... !
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“TEDE923” (o sin contraer y en decimal: Terrorista 15.591.715) había llegado aquella madrugada a los corrales de la plaza en un camión, junto con otros cinco. Ya los conocía del quirófano de LaModelo, donde les habían incrustado en el cráneo las mazorcas de los cuernos, hacía ya dos meses. Al principio costaba acostumbrarse al nuevo peso, pero a todo se acostumbra uno. En ningún momento hablaron entre ellos, no podían. Las normas y las mordazas así lo estipulaban. El día que entraron en la cárcel dejaron de ser personas, y se convirtieron en presos; hoy habían dejado de ser presos para pasar a ser toros de lidia... ¡Que poderosas llegan a ser las palabras! 
 
Afortunadamente aquello, de corrales sólo tenía el nombre; aquel lugar contaba con comodidades que ni sabía existían. Les sirvieron un almuerzo exquisito, conforme a sus gustos y preferencias (excepto alcohol). E intentaron que estuvieran todo lo cómodos que pudiesen. También aprovecharon para recordarles lo justo de su condena, la gran labor social que realizaban (cada semana volvía a ser el espectáculo más visto del planeta), y la posibilidad de indulto (en cincuenta años siete peticiones del público; solo tres concedidas; de esos tres, dos murieron en el hospital a causa de las heridas; el otro tuvo un desgraciado accidente en el metro el mismo día que quedó en libertad). 
 
¡A la mierda! ¡Todos a la mierda! Haría lo que tenía que hacer porque el dolor que le infligiría la sonda neural que llevaba en su cuerpo desde que se convirtió en preso así lo determinaría. No necesitaban convencerle de nada. ¿A que venía aquello? Aguantó la plasta lo mejor que pudo. Les dieron una hora para pensar, ver porno, o hacer lo que quisieran... 
 
A mediodía le pusieron los cuernos y le inmovilizaron los brazos; al poco fue enchiquerado, como los demás, en un toril oscuro y pequeño, cuyo número desconocía. No sabía por tanto su orden de salida. No se conformaban con torturarnos físicamente, la tortura mental también era brutal. Estuvo allí un tiempo que a él se le hizo eterno (cinco horas de soledad y oscuridad absolutas). Luego sonaron los clarines, se abrió la puerta del chiquero y todo comenzó... 
 
Quedó cegado por la potente luz de la tarde. Inmediatamente se abalanzó sobre el primer bulto que vio, el subalterno, pero el no tenía forma de saberlo; las drogas que de algún modo le habían suministrado (probablemente durante la comida) habían hecho que apenas fuera capaz de distinguir alargados bultos sobre un fondo blanco que debía ser la arena. Si por él hubiera sido, se hubiera sentado en el suelo y esperado la muerte, pero no podía; las mismas drogas que le impedían ver y pensar con claridad, le impelían a atacar a aquellos desgraciados. 
 
Se fijó en otro bulto, estaba en el centro de la arena, debía ser el matador. Se abalanzó sobre él, pero, como no podía ser de otro modo, falló. Oyó la ovación del público, y se enfureció aún más. Rabioso volvió a embestir. Y volvió a fallar. No sólo no veía con claridad, sino que tampoco era capaz de medir bien las distancias. La plaza reventaba. 
 
Lo intentó una y otra vez; hasta la extenuación persiguió a aquellos condenados bultos relucientes. Nada consiguió salvo cansarse. Cuando oyó los clarines se dio cuenta de que no lo habían picado y estaba cambiando el tercio. ¿Por qué? ¿O lo habrían hecho y no se acordaría por efecto de las drogas? La espalda no le dolía; no debían haberle picado, decidió. 
 
Otro bulto se le puso delante. Y aunque sabía lo que le esperaba, no pudo evitar embestir.
Tres veces se repetiría la escena. Tres veces se le escaparía el banderillero de turno. Tres veces un dolor brutal, pero en absoluto incapacitante, partiría de su espina dorsal e inundaría todo su sistema nervioso. La sensación más potente y desagradable que había sentido jamás. Pero seguía moviéndose, atacando, mientras se preguntaba por que demonios actuaba así. Mientras pensaba. 

Fue con el tercero cuando se le ocurrió. Salio corriendo detrás del rehiletero con tanta furia que lo obligó a buscar el burladero, y él acabó estrellando sus cuernos contra la barrera... y cayó al suelo debido a la fuerza del impacto... y recogió el trozo de pitón. Fue cuestión de segundos. No tenía manera de saber si lo habían visto. Así que se quedó junto a la barrera, esperando, descansando, con las banderillas clavadas en su espalda sangrante. Su tranquilidad duró poco. 
 
De repente se sintió mucho más fuerte, y enfadado. Vio un bulto brillante en el centro de la arena y corrió hacia él. No quería hacerlo, pero no podía evitarlo. La ira prevalecía sobre cualquier otra cosa. Y la cosa no hizo más que empeorar. No acertaba a cogerlo; seguía viendo mal. Y una vez tras otra falló. Podía oír a la gente, sus gritos. Y sentir como la vida, poco a poco, se le escapaba por las heridas. Aferró con más fuerza aún el trozo de cuerno que había conseguido romper. Sabía que su muerte se acercaba... 
 
Corrió desesperado hacia el bulto, buscando ansioso acabar con aquello cuanto antes, morir. Agarró bien el pitón roto. Sólo cuando sintió que el acero le pinchaba en la espalda, flexionó su brazo derecho, con tanta fuerza que notó como el torero reculaba. Fue lo último que notó. El estoque le había destrozado el pulmón y dañado la médula. Cuando la sangre empezó a salirle a borbotones por la boca ya estaba muerto. Murió sin saber que el torero era el padre de una de las niñas que murió en el atentado de las torres Lux. Murió sin saber que lo había matado. 
 
La foto de la plaza con los dos cadáveres, dio la vuelta al mundo, primero en las redes, luego en los medios. La gente quería más...

1 comentario:

  1. Una obra de arte.

    Ramón, no haces más que superarte, realmente fantástica.

    Me he quedado sin palabras.

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